Impuesto sobre las ventanas o pagar por asomarse al mundo

En este nuevo artículo te traemos una curiosidad histórica que a buen seguro va a sorprenderte. ¿Sabías que en Inglaterra hubo un impuesto sobre las ventanas? Durante más de siglo y medio, los habitantes de ese país tuvieron que hacer frente a uno de los gravámenes más curiosos de su historia: el tributo por las ventanas.

Un impuesto que les obligaba a abonar determinadas cantidades de dinero por cada una de las aberturas que se registrasen en las fachadas de sus viviendas y edificios. La estrategia de la monarquía sirvió para poder tapar algunos agujeros en las arcas públicas, pero contribuyó también a incentivar la astucia de los súbditos, así que como solemos decir, “hecha la ley, hecha la trampa”. ¿Quieres saber cómo se libraron de este insólito impuesto?

Época de conflictos, tiempo de impuestos

Si nos remontamos a la Inglaterra del siglo XVII, nos encontramos con un país que a nivel financiero se encontraba al límite. La participación inglesa en las más importantes batallas que estaban determinando el futuro de Europa, dejaron muy afectadas las arcas públicas. Tanto que tuvieron que encontrar una solución inmediata para que el rey Guillermo II pudiera continuar con sus idas y venidas, de un conflicto a otro.

El Consejo de la Corte, reunido con urgencia para hacer frente a la situación de escasez, se concentró en la búsqueda de una solución de carácter inmediato que permitiera una pronta recuperación del erario. La idea estaba clara desde el principio: inventar un nuevo impuesto. Pero en Inglaterra ya se pagaban impuestos por casi todo, así que debía ser algo nuevo, fuera de lo común y que afectara a un amplio porcentaje de la ciudadanía. Fue así como se creó el impopular impuesto sobre las ventanas o Window Tax.

Por qué pagar por las ventanas

Explicar a un ciudadano del siglo XVII que estaba obligado a pagar por tener una ventana en casa no era tarea sencilla (aunque tampoco lo sería en la actualidad). Pagar de más no suele ser del gusto de la ciudadanía, ni en 1696 ni en 2018, seamos sinceros. De manera que, cuando en Inglaterra surgió la necesidad de aplicar este impuesto, el rey Guillermo II se rodeó de un buen equipo publicitario para vender bien su disparatada idea.

El concepto en sí no era descabellado. Aunque la mayoría de los súbditos vivía en una casa que, por humilde que fuera, alguna ventana tenía, las grandes cristaleras estaban reservadas a las casas más grandes y, en consecuencia, a las personas más pudientes. Esta sencilla ecuación se traducía en que, en última instancia, la cuantía de este impuesto sería también proporcional a la riqueza de quienes estaban obligados a abonarlo.

ventanas inglaterra

Al menos sobre el papel, las cabezas pensantes del Consejo de la Corte lo vieron claro: pagar por las ventanas iba a solucionar los problemas de liquidez del Estado. La legislación por entonces vigente prohibía a los gobiernos inmiscuirse en las rentas de los ciudadanos, por lo que no se podía aplicar de manera directa el “tanto tienes, tanto pagas”. No obstante, de manera indirecta, si lo que se gravaba no eran las rentas de los ciudadanos sino las características de sus residencias, se podría obtener el mismo dinero o mayor cantidad, de un modo más rápido.

Ahora bien, ¿cómo justificar un tributo tan peculiar? La alternativa que se adoptó fue la de un razonamiento aún más original: “pagan ustedes por el consumo de sol y de aire” (resulta llamativo que este tipo de argumentos parece no alejarse demasiado de ciertas políticas actuales…). Así pues, la justificación impuesta desde la Corte obtuvo una contundente y curiosa respuesta de la ciudadanía.

Si no hay ventanas, no hay razón para pagar impuestos

Al igual que ocurre con muchas de las medidas administrativas actuales, al comienzo de este nuevo período impositivo Guillermo II solo percibió las ventajas de este nuevo gravamen sobre las ventanas. El que tenía aberturas en sus fachadas era un consumidor de la luz y el aire de todos, así que debía abonar su parte por el beneficio del propio país. Pero los ciudadanos no tardaron en darse cuenta de la ridiculez del asunto y reaccionaron de un modo aún más grotesco: tapiando las ventanas.

La ley no daba lugar a interpretaciones de ningún tipo: si no existían aberturas en la fachada, tampoco se podía aplicar la obligación de tributar por ellas. El impuesto sobre las ventanas perdía toda su razón de ser desde el momento en el que en las principales urbes de Inglaterra empezaron a aparecer inmuebles con las ventanas condenadas, algo que además tuvo serias consecuencias en la proliferación de muchas enfermedades, redujo la actividad en talleres y comercios y, consecuentemente, hizo que disminuyera la recaudación de otros impuestos. Estas medidas se llevaron hasta tal punto que incluso se empezaron a levantar edificios en los que las ventanas solo figuraban pintadas sobre la pared.

Con todo, el Window Tax se mantuvo vigente desde 1696 hasta 1851, dado que los sucesivos monarcas de Inglaterra prefirieron no dar el brazo a torcer a pesar de la impopularidad del mismo. Fue durante el reinado de Victoria del Reino Unido cuando dicha ley, extendida también a Francia y a México, fue derogada. Todavía en la actualidad, las escuelas de Economía británicas analizan este caso a la hora de explicar el estrepitoso fracaso de algunas políticas tributarias.

¿Y tú, pagarías por asomarte al mundo?

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